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Devenir de un orgasmo

Poco a poco se desvanecía el blanco que había inundado nuestra habitación, un blanco causado por la luz cegadora en la que se manifestó aquel orgasmo.

El sudor cubría por completo mi piel, no había un milímetro de ella que no estuviera bañada con aquel líquido salado. El placer animal que me había poseído instantes atrás pretendía liberarse por completo ante la serena paz a la que se estaban incorporando mi acelerado corazón y mi exhausto cuerpo; ahora una confortable tranquilidad invadía mi ser.

Fue en ese momento que nuevamente percibí su presencia mi lado, su cuerpo húmedo resplandecía iluminado por el ya famoso líquido salado, admiré lo hermoso de su piel y me deleite con su característico aroma. Aquella sonrisa en su rostro era prueba inequívoca de que también para él había sido una experiencia maravillosa y el placer pícaro que la acompañaba me expresaba que compartíamos la satisfacción que dejaba en nosotros aquel viaje sexual.

Abrió los ojos colocando su mirada en la mía y me dejo contemplar su alma, se acercó a mi rostro impulsado por la impaciencia de su boca que ambicionaba encontrarse con la mía, un dulce beso me hizo comprender que el viaje también había sido una comunión espiritual.

Con aquel beso experimenté otra vez la exquisita reacción que solía causarme la cercanía de su cuerpo, el calor regresó a mí abruptamente al saborear su aliento, haciendo que una agradable excitación me recorriera; observé que de igual manera su corazón volvía a precipitarse despertando así su instinto animal.

La estabilidad que había alcanzado mi ser fue víctima de las contracciones provocadas por mi traicionera vagina quien estaba ansiosa ante la erección de su pene y emocionadamente me reincorporé con toda la intención de ensartarme en él.

El viaje iniciaba una vez más.

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